Album colectivo de infancia para explorar cambios, traumas y alegrías, risas y lágrimas, disfraces y máscaras...
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jueves, 30 de abril de 2026
Lentes - Andrea Ovalle
—Tía, ¿por qué usas lentes? —preguntó la niña con su vocecita llena de curiosidad.
—Para ver mejor y no tropezar.
—¿Me los prestas? —dijo emocionada alzando sus manitas hacia la cabeza de su tía.
Ella las sostuvo, las puso sobre sus mejillas y dijo:
—Preferiría que vieras a través de tus propios ojos, mi cielito. Que nunca necesites lentes para filtrar el mundo que te rodea. Y aprendieras a no tropezar con tus propios obstáculos. Aunque si yo supiera que prestándote los míos nunca te tropezarás y aprenderás a través de ellos, lo haría con gusto.
—¿Pero algún día me los prestaras? —respondió la niña un poco confundida.
—Solo cuando me pidas algún consejo y mis lentes hayan visto algo similar. Te los presentaré solo para que veas como me caí. La forma en que resolví. En cómo me levante y como lo superé. Para que tengas herramientas y sepas que no estás sola, mi corazón.
domingo, 30 de abril de 2023
El juntado y la pepena - María Garay
Doña Justa hacía honor a su nombre: al término de la pepena pedía a sus hijas, nietas y sobrinas que mostraran a las demás lo que habían encontrado, por si era necesario compartirlo. Durante la jornada, estaba pendiente de que ninguna se “malpasara” u holgazaneara; tenía “organizados” los horarios para las actividades de almuerzo, descanso y, también, de mirar el teléfono celular, lo que no les agradó ni tantito cuando se los propuso, pero todas finalmente aceptaron el acuerdo, al ver que eso redituaba en sus ganancias. Entre cientos de mujeres, el grupo de ”Doña Justa” era considerado como el que “más ganas le echaba”.
Las constantes sequías obligaron a los habitantes de La Nopalera a buscar otras actividades; la agricultura, en esa tierra salitrosa y sin agua, ya no daba para siquiera comer; hasta los nopales y magueyes escaseaban. La mayoría de los hombres de la ranchería tuvo que emigrar en busca de otras ocupaciones, y en muchas casas sólo quedaron niños y mujeres. Así que, cuando se instaló en las cercanías de la comunidad el tiradero de basura, sintieron que el Altísimo había escuchado sus ruegos; las mujeres dejaron de ser aguamieleras y vendedoras de nopales y tunas; ahora la posibilidad de sobrevivencia para ellas y sus familias se encontraba en la basura.
Con sus casi ochenta años a cuestas, Justa se levantaba al amanecer; tenía que caminar poco trecho pero era necesario llegar temprano a la “plancha de la pepena”, tanto para disponer de los mejores lugares, como para no asolearse tanto. El grupo de ocho mujeres quedaba de encontrarse frente al tendajón del rancho, para irse juntas hasta el “tiradero”, lo que también hacían como protección –no faltaba algún pelado que quisiera sobrepasarse con las más jóvenes-; además, de manera repentina, solía presentarse una jauría de perros callejeros, casi muertos de hambre, a quienes tenían que correr con palos y a pedradas para que no las atacaran.
El “juntado” y la pepena, podían extenderse hasta doce horas, pero Justa no se rendía, antes daba gracias a Dios por tener salud y fuerzas para esa labor. Lo más difícil había sido acostumbrarse al olor, casi insoportable en tiempo de calor. Pero a veces se encontraban con otras dificultades peores, como hallarse envoltorios con sal gruesa y ramas de “limpia”, las que seguro eran desechos de una sesión de “curación” o “barrida”, y esas cosas valía mejor no tocarlas; o abrir una bolsa con material médico, con el cual corrían el riesgo de pescar una infección. La compensación venía con el hallazgo de objetos como un arete de oro, un CD en buenas condiciones, y hasta ropa en buen estado.
El grupo “Doña Justa” ya se había sobrepuesto a los prejuicios de la gente. A pesar de los comentarios malintencionados que escuchaban por ahí, ellas se consideraban mujeres “limpias” a pesar de la hediondez que las acompañaba, y “fuertes” porque eran capaces de sacar adelante, de manera digna, a sus familias.
viernes, 30 de abril de 2021
Delfín maravilloso - Carlos Loperena
Caí en la alberca con un fuerte ¡splash!, que se oyó hasta el otro lado del mundo.
Mis ojos ya no vieron nada, quedaron como apagados.
Lentamente me fui hundiendo. Mis oídos empezaron a zumbar como si tuviera dentro un panal de abejas, laboriosas, inquietas, punzantes.
Mi cuerpo pesaba una tonelada y media, más de lo que usualmente lo hacía.
Me fui hasta el fondo, y allí fui depositado como flácido plasma, amorfo, “amiboide” y etéreo a la vez.
Mis dedos tenían membranas entre ellos, las cuales, pasado un rato, me permitieron nadar por el fondo de ese océano color púrpura.
Mis oídos ya no zumbaban, o eso creía, empecé poco a poco a ver, habían unos peces color naranja, que nadaban delante de mí.
Oía las burbujas salir por mi nariz, se elevaban a los lados de mi cara, enredándose en mi pelo, subiendo luego hacia la superficie.
La superficie… no la veía, estaba demasiado entretenido ahora, viendo peces azules a mi alrededor, moviendo sus aletas rítmicamente. ¿Por qué no tengo branquias, como ellos?
Entonces, ¿cómo podía respirar?, no llevaba un “snorkel”. ¿Estaba yo aguantando la respiración? No, era imposible, llevaba ya mucho tiempo sumergido,
¡Sí¡, ¡si podía respirar bajo el agua! Era maravilloso.
Unas anémonas se pegaban a mi visor, y parecían sonreírme.
Me decían:
—Ven, síguenos, te mostraremos algo.
Las seguí, y ¡oh, ¡qué sorpresa! Rojos corales, de más de mi altura, por en medio de los cuales nadaban peces azules, naranjas, unos rosados, otros más negros, amarillos y otros multicolores.
Unas medusas me trajeron una corona de algas y me la ciñeron. Era yo ahora su rey, el rey de esa parte del océano.
Me vi más grande de mi tamaño habitual. No cabía entre los corales, pero disfrutaba de su vista, unos duros, otros blandos, rojos, azules, otros verdes, atrayéndome hacia sí con sus silos, bailando al ritmo de la música.
¡Ah qué dolor de cabeza!
Cuidé de no acercarme a los “zoas” a pesar de mi “realeza”. Eran corales muy bellos, ¡pero con neurotoxinas!
Un hipocampo quería que lo montara, quería ser mi corcel, mi “Arion”.
Me hubiera encantado navegar con él, pero era diminuto para mi corpulencia.
Se me acercó ese gran Delfín, al que nunca olvidaré. Se veía que quería jugar conmigo, me invitó a subirme a él y acepté, y me paseó un largo rato, hasta que me sacó a la superficie, y me llevó nadando hasta la orilla de la playa, ahí me depositó suavemente.
No recuerdo más.
—¡Goyo!
—¡Goyiittoo!
—¿Dónde se metió este niño?
—No lo sé, estaba aquí hace un momento.
—Elvira, ¿a dónde se fue? No puedes descuidarlo, es un niño muy pequeño, tiene solo cuatro años y no sabe nadar.
—Juraba que estaba contigo, Juan.
—¡Oh!, ¡No, no, nooooo!
Ambos padres de Goyito corrieron hacia la alberca y no dieron crédito a lo que vieron sus ojos.
Goyito no se movía. Yacía en el fondo de la parte mas honda de la alberca.
Juan se clavó con fuerza en el agua, y remontó los seis metros de profundidad que tenía ahí la piscina. Lo cargó sobre sus hombros y lo llevó hasta la superficie.
Goyito estaba sin sentido, inflado como un cachalote bebé.
—¡Goyito, respira por favor! —gritaba la mamá.
—Cálmate, ya está sacando el agua.
El salvavidas “llegó” a total destiempo, pero ayudó al niño a sacar el agua de sus pulmones.
La ambulancia llegó a tiempo para llevarse a Goyito al hospital y ayudarlo a que se acabara de recuperar.
Un día internado sirvió para restaurar sus funciones normales y poder ser dado de alta.
—Su hijo está bien, señores, sufrió un fuerte golpe en la cabeza, y perdió el sentido. Tragó mucha agua, pero Gracias a Dios está ya recuperado.
Treinta años después, todavía recuerdo como ese Delfín maravilloso me invitó a subir a su lomo. ¡Es el mejor paseo que he dado por el “océano” en toda mi vida!
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