Alguna vez me llamaron niña, niña pequeña. Huini en zapoteco significa eso, pequeña, y tal vez es la razón de esta vocación por el juego que no se termina; este cambiar y maravillarse del mundo; este no comprender y sospechar que, en el fondo, nada tiene sentido fijo. La primera letra que escribí fue una e, toda temblorosa ante la mirada vigilante de mi padre. Pronto amé los libros y las cosas nuevas, poco a poco me fue creciendo el cuerpo y abriéndoseme el mundo, hasta que llegué a ser una adulta descreída, con dolores provocados por la falta de malicia y la voracidad, y la secreta convicción de que es imposible dejar de ser niño sin morir en el intento. Perdí el camino y lo volví a hallar; tal vez sólo descubrí que cualquier figura que trazamos con los pasos lo es.
No me quejo. Ser niña encubierta con identificación, auto y un par de ideas sobre los rincones coloridos del mundo, es la mejor manera de extender la infancia. He vivido los besos fortuitos, las miradas de interpretación múltiple y las quimeras evanescentes del ideal. También he sentido el amor que pasa pero nunca se va, y los castillos de ideas y sentimientos que se pueden construir con los otros. Me sigo tendiendo al sol y buscando amigos, para conocer el mundo en otros ojos, para caminar sin destino. Mientras tenga espejos para reflejar mi sonrisa, no dejaré de ser esa pequeña. No dejaré de existir.
(
Furtiva)